¿Que es la masoneria?

Publicado: 2011/11/17 en Masoneria

patada

La Masonería, en esencia, es simplemente una empresa comercial, netamente utilitarista, que busca el dinero como medio de obtener poder -poder político, se entiende- para manipular.

Naturalmente que esta verdad se oculta disfrazándola de espiritualidad, porque ¿quién sería tan necio como para poner dinero en una “orden” que bajo la excusa de una evolución espiritual su verdadera finalidad es esencialmente el enriquecimiento de unos pocos para manipular a los muchos?

Pero hay algo más. El ocultamiento se debe a que los medios que utilizan para obtener dinero la mayoría de las veces no son lícitos. El dinero, para la Masonería, es siempre dinero y no importa de donde provenga: coimas, pornografía, narcotráfico, etc. Como dice el Evangelio, “el que obra mal odia la luz”.

El secreto forma parte de la esencia misma de la Masonería, porque el día en que se dejara a un lado el secreto, ese mismo día estaría irremisiblemente perdida.

 Es obvio que no se organizan sociedades secretas para marchar al unísono con la sociedad en que se vive: el secreto es necesario precisamente cuando se quiere conspirar contra ella. Y esto es lo que hace la Masonería.

Lo que se ve en la Masonería, sea uno masón o no, no es sino una apariencia destinada a engañar sobre lo que no se ve.

El secreto no solamente es para los profanos, sino también para todos los adeptos que no formen parte de la cúpula.

La prueba está en que no hay nadie que pueda decir con certeza cuál es el fin de la Masonería, y eso que ya lleva dos siglos de existencia en la organización actual.

Y esta pregunta no sólo se la hacen los profanos sino también los mismos masones (¡que no forman parte de la cúpula, claro está!).

Si se preguntara a los masones cuál es el fin que se propone la Masonería, la mayor parte responderá que es la beneficencia o que es el socorro mutuo en el trabajo, en el comercio, etc. Otros, los aficionados a banquetes, tal vez digan que es el tener de vez en cuando unos momentos de esparcimiento entre amigos. Otros más dirán que es el estudio, y así sucesivamente.

No es de creer que todos ellos digan lo que no sienten, y sin embargo sus respuestas mismas están manifestando que no saben de la historia de la Masonería, ya que son víctimas de un engaño intencional.

En la Masonería se le hace creer al iniciado que de lo que se trata es construir un templo espiritual. Se le explican los símbolos, pero es engañado a propósito con falsas interpretaciones, pues no interesa que los entienda sino que crea que los entiende.

De más está decir que los símbolos que se utilizan en la Masonería no tienen ningún significado, o, en todo caso, tienen el significado que cada uno le quiera atribuir.

¿Quiénes entran en la Masonería? Un ritual de los Jueces Filósofos Desconocidos dice que “debemos aumentar el número de nuestros hermanos, pero con discreción”.

A la Masonería no le interesa que entre en ella todo tipo de personas, ni siquiera que persevere en ella cualquiera que entre.

Todo está calculado para hacer la selección que convenga a los planes de la cúpula.

En primer lugar, la iniciación misma es un buen filtro que no deja entrar a los que tienen demasiada independencia como para dejarse gobernar por un poder oculto, cuyos fines se ignoran así como quienes son sus verdaderos representantes.

Los demasiados curiosos, los escépticos –que se dejarían llevar con demasiada inquietud a investigar los verdaderos secretos de la Masonería o no estarían dispuestos a creer todo lo que en su nombre se les dice, y amenazarían revolver el gallinero–, pueden también quedar detenidos por las ceremonias de la iniciación, que son demasiado humillantes y ridículas para que todos puedan pasar por ellas y quedarse satisfechos.

La selección comienza, en realidad, con las pruebas de iniciación. Enseguida viene el trabajo de formación –mejor dicho de deformación– que es el tiempo en que se conoce mejor al iniciado y a sus aptitudes para servir a los planes de la institución.

Si manifiesta buenas aptitudes será elevado a los grados superiores. Si no las manifiesta, si no presta servicios ni da esperanzas de prestarlos, se le dejará vegetar mientras dé su contribución monetaria (que en última instancia es lo único que le interesa a la cúpula) o hasta que se aburra solo y se vaya, sobre todo cuando no hace mucho honor a la institución.

Si hay algún hermano que se muestra demasiado recalcitrante como para penetrarse del espíritu de la orden, se le hostiliza, y si hay algún pretexto para ello, se le condena o se le expulsa como indigno de estar en compañía de tanto “virtuoso”. Si la falta no es muy grande, se le suspende y se le deja dormir.

Los que se retiran de la Masonería, sin embargo, no han sido del todo inútiles. La institución tiene demasiada sagacidad y experiencia como para no saber aprovechar las fuerzas y la posición social de cada cual, y solamente cuando ya no se espera más del hermano, cuando haya dado de sí todo lo que podía dar a favor de la institución, sólo entonces se le dejará a un lado, se le postergará y finalmente se le olvidará.

Una de las cosas más importantes en la Masonería está constituida por la contribución monetaria que tiene que hacer cada masón a la orden, ya que la institución tiene muchos gastos ordinarios y también extraordinarios, no tanto en las obras de beneficencia, como ostentosamente se pregona, sino en obras de propaganda, política, fiestas, etc.

Hay especial prohibición de los reglamentos para admitir a profanos que no puedan soportar las cargas de la institución. Existen impuestos ordinarios, como cuotas, derechos de matrícula o de ascenso, precio de insignias, etc.; hay entradas extraordinarias, provenientes de multas, donaciones, legados y quizás subvenciones gubernativas.

En este aspecto es donde los masones pudientes prestan especialmente sus servicios a la orden, y para ese fin particular se les inicia en ella.

En cuanto a las ceremonias masónicas, son tan ridículas y cretinizantes que hasta los mismos masones han pedido, sin resultado, que las supriman.

La razón de que se las conserven es obvia: despistan a las autoridades haciéndoles creer que la Masonería se ocupa de cosas de niños, o a lo sumo en ridiculeces.

Sirven, también, de obstáculos para que no entren en las logias los demasiados despiertos que por carecer de docilidad puedan perturbar a la institución con sus indagaciones y terminar siendo peligrosos. La Masonería ama a los tontos y a los sumisos.

Además, sin duda, sirven para la formación misma, es decir, para predisponer a los iniciados a la aceptación de las sugestiones del poder oculto que dirige la Masonería.

Con ese fin se les trata como chicos de tres, cinco o siete años, según el ritual y se les obliga a hacer marchas y contramarchas como a los niños de la escuela.

¡Y pensar que muchos encumbrados personajes -congresistas, ministros, diplomáticos, generales, y aun jefes de Estado-, han hecho su carrera preparándose con semejantes ejercicios!

Pasemos ahora a lo que se hace en las reuniones masónicas. En las reuniones uno escucha las conferencias y también las da. Ésta es toda la historia.

¿Sobre qué versan las conferencias? Simplemente sobre lo maravillosa que es la Masonería y, por supuesto, sobre sus enemigos, que puede ser cualquiera que se oponga a la orden (el tener un enemigo común siempre fortalece la unión y ya sabemos cómo también el odio es el medio más fácil para dirigir a las masas hacia dónde uno quiera dirigirlas).

Una cuestión interesante para destacar también es la de los nombres rimbombantes que se le dan a los títulos masónicos, los cuales son muy útiles como medio de estupidización.

El cardenal José María Caro Rodríguez, que ha estudiado bien a la Masonería y ha dado pautas certeras sobre ella (aunque con su paranoia se equivocó al atribuirle como fin la destrucción del cristianismo), dice respecto a estos títulos rimbombantes: “No vayamos a creer que los masones se contentan con títulos tan modestos como los de aprendiz, compañero y maestro, para designar los miembros de los altos grados, por más que la igualdad sea uno de sus lemas. No sé que haya otra institución que haya inventado títulos tan rimbombantes para distinguir su jerarquía, como la Masonería. Y ahí van unas muestras, tomadas del rito escocés antiguo aceptado: el masón del cuarto grado se llama Maestro Perfecto, el del 11º, Sublime Maestro Electo; el de 16º, Príncipe de Jerusalén, Gran Consejo Jefe de las Logias; el del 19º, Gran Pontífice o Sublime Escocés de la Jerusalén Celeste; el del 28ª, Caballero del Sol o Príncipe Adepto; el del 30º, Caballero Kadosh o Gran Inquisidor, Gran Electo, Caballero del Águila Blanca y Negra; el del 32º, Soberano Príncipe del Real Secreto, etc.”

Ahora bien, ¿cómo ha podido saberse lo que se oculta en las logias y en el círculo juramentado de la Masonería? La respuesta es simple: ha habido algunos masones que al darse cuenta de los manejos perversos de la institución, han considerado revelar sus secretos -aunque no hayan podido desentrañar el secreto último- para que otros no caigan en sus nefastas redes y sean manipulados y estupidizados.

Además, las revistas masónicas deslizan, sin darse cuenta, mucha información sobre la orden, que si bien aislada no revela nada, cuando un hábil investigador recopila todos los datos y los compagina puede tener sobre la Masonería el juicio cabal que conviene tener.

fuente:  http://www.grupoelron.org/secretos/luxv_secretomasonico.htm

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